Desde que tengo uso de razón utilicé la escritura como medio de expresión. Siendo muy pequeña llevaba un diario, luego escribí algunos cuentos breves, y ya en la adolescencia me pasaba horas frente a la máquina volcando miles de historias que venían a buscar mi mente, en un intento de convertirse en novelas. Cuando comencé a escribir éste libro me hallaba en un momento especial.
Hacía un par de años que no encontraba inspiración, o que ésta no me encontraba a mí. La magia; esa que me había atrapado durante tanto tiempo, había dejado de producirse, y ya no escribía más, como si no tuviese nada por decir. Vivía cómodamente de las ganancias de una librería que había instalado con mis ahorros. No parecía tener necesidad alguna, ya que contaba con el dinero suficiente para seguir mi vida pagando todos mis gastos. De todas formas, sentía que me faltaba algo y que no me encontraba realmente plena. Y fue entonces que descubrí que sí tenía una necesidad imperiosa e impostergable. Con el tiempo comprendí que se trataba de una necesidad espiritual muy honda, y escondida, casi imperceptible.
Mi abuelo me decía que yo tenía el don de escribir. Y fue por su certeza que decidió regalarme, cuando aún era muy pequeña, una máquina de escribir de color gris, y modelo portátil que también tenía el inconfundible “olor a tinta” que preservo entre los recuerdos más queridos.
Cada vez que improvisaba en la máquina algún cuento, mi abuelo me decía, casi en un susurro, mientras yo seguía escribiendo: “un don es un regalo de Dios”.
Cuánta razón tenía. Cada vez que terminaba algún cuento, novela o párrafo casual sin estructura determinada, tenía la sensación de haber recibido un regalo. Cuando comencé esta novela, ya hacía dos largos años que no sentía esa sensación. Me preguntaba a diario por qué no tendría la oportunidad de recibir ese maravilloso regalo. Estaba realmente desilusionada de mí misma y alejada de mi “don”. Necesitaba acercarme, pero no sabía de qué manera.
Una noche tuve un sueño muy particular. De esos sueños que parecen reales:
Hacía calor. Yo estaba en el sueño, nadando en círculos en un estanque. Era observadora, entonces las imágenes pasaban como en una pantalla. El agua del estanque era cristalina y ello me permitía ver mi pelo rubio y largo hasta los pies que se deslizaba formando un sin fin de redondeles.
De repente dejé de nadar. Ahora ya observaba desde mi cuerpo. Sin levantar mi vista advertí la presencia de alguien en la orilla. Lo miré…era un hombre y también me miraba. Parecía tranquilo y estaba sentado sobre una piedra. A pesar de ser un extraño, nunca me sentí atemorizada. Entonces, y llevada por una gran curiosidad nadé hasta la orilla sin dejar de mirarlo porque temía que si lo hacía, desaparecería. Salí a su encuentro y me acerqué tan solo un poco.
Su expresión pacífica no cambiaba con mi acercamiento. No hablaba. Él se levantó. Vestía de color violeta.
Una paloma voló girando sobre nuestras cabezas y se posó en la piedra tomando su lugar.
Me acerqué un poco más. Él caminó hacia mí. Una brisa suave me estremeció y advertí mi desnudez. A pesar de ser pudorosa no sentí en ese instante vergüenza y no me oculté a pesar de que mi largo pelo hubiese podido cubrir mi cuerpo como un manto.
Me miró con una mirada clara y transparente. Nuestras miradas se conectaron y recibí una sensación de paz difícil de explicar. Era ausencia total de miedo. Despreocupación. La vida se resumía en ese instante. Fue la sensación que sus ojos me regalaron. Me pareció conocer ese bienestar.
Comenzó a llover y sentí cada gota llevándose los límites que me quedaban y me moví. Tomé sus manos. Eran suaves pero firmes. Me incliné ante él como si estuviese reverenciándolo. El hombre me miró y tocó mi frente justo entre medio de los ojos. Con un gesto amable me indicó que me levantara y me dijo: “NO SOY UN REY. TAMPOCO UN ÍDOLO. LO QUE HAS SENTIDO TAN INTENSO FUE EL AMOR QUE YO SIENTO POR TI. PERO NO TE INCLINES ANTE MÍ, ES UN GESTO INÚTIL. CUANDO SIENTAS NUEVAMENTE ESE AMOR EXTIÉNDELO ATRAVÉS DE TU DON. LA INSPIRACIÓN ES EN REALIDAD UNA GRAN SENSACIÓN DE AMOR. MUCHOS YA HAN DESPERTADO, OTROS LO INTENTAN Y ALGUNOS AÚN DUERMEN. AYUDARÁS A ESPARCIR EL ENCANTO HACIA LOS CONFINES DE LA TIERRA Y MAS ALLÁ”
De repente volví de mi sueño, húmeda como si hubiese salido del estanque. Me dormí nuevamente con el resonar de las palabras: “La inspiración es en realidad una gran sensación de amor…”, “ayudarás a esparcir el encanto hacia los confines de la tierra y más allá”
A la mañana siguiente recordé el sueño y todos los detalles. Pensaba en volver a escribir. No cabían dudas al respecto. Pero me preguntaba dónde había perdido mi inspiración. De saberlo volvería hasta ese punto para recuperarla.
Entraron varios libros nuevos. Entre ellos uno que hablaba de los sueños y sus significados, me dispuse a hojearlo leyendo salteado algunas páginas recordando que el abuelo Simón creía en ello. No había nadie en la librería, solo Sofía, que trabajaba para mí desde hacía varios años, y quien me sorprendió sentada leyendo ese nuevo libro.- ¿Qué raro leyendo eso vos? ¿Cambiaste a Shakespeare por los sueños? – me preguntó burlona.
Buscaba esclarecer mi sueño, encontrarle un significado, saber por qué lo había sentido tan real. No sabía exactamente qué buscaba, pero me encontraba internamente inquieta.
Recordé cuando llevaba a todos lados un cuaderno y un lápiz de esos con una goma en un extremo. Cuando la inspiración llegaba siempre encontraba un lugar donde materializarla. Salí de la librería y compré un pequeño cuaderno verde y un lápiz con goma. Mientras almorzaba ese día, decidí estrenarlo anotando los detalles de mi sueño.
A la semana siguiente volví a retomar la lectura del nuevo libro, que no me resultaba del todo interesante. Muchas preguntas me venían a la cabeza, y no podía frenarlas. Había vuelto a mi gesto con el ceño fruncido. Sabía que algo no se terminaba de acomodar. Entonces Sofía se acercó y me preguntó- ¿Estás preocupada por algo? Te veo rara. ¿Te puedo ayudar?
-Decidí contarle mi sueño. Ella era casi una amiga. Busqué mi cuaderno y se lo leí con todos los detalles. Ella miró el nuevo libro de los sueños y lo ubicó en su lugar de la estantería.
- ¿Por qué no llamás a Isabella?- me dijo
- ¿Quién es Isabella?-
- Es una persona conocida y coordina “los encuentros del Encanto”. Son reuniones donde le dan otra mirada a algunas cuestiones que te pueden interesar.
No me seducía lo que Sofía me contaba pero ella continuó entusiasmada - En los encuentros, Isabella se apoya en la lectura de un libro ¡Un libro nunca editado! ¡No sabés la energía que sentís cuando lo tocás! La historia del encanto es larga, pero que te la cuente ella si es que la llamás.
-¿Qué dijiste? ¿El encanto?- interrumpí.
- Sí, el libro se llama “el Encanto”.
Nos miramos con Sofía y dijimos ambas al mismo tiempo: “ayudarás a esparcir el encanto hacia los confines de la tierra y más allá”.
- ¡Tu sueño!- exclamó - ves, Isabella es la indicada para ayudarte. Tu sueño hablaba del libro….
- No sé, no me confundas. Es imposible lo que estamos, o mejor dicho, estás pensando.
-Bueno… ¿querés o no el teléfono? De pronto, Sofía salió corriendo hacia la puerta. Escuché que llamaba a alguien.
- ¡Isabella!- se escuchaba la voz de Sofía.
Pensé que estaba bromeando y comencé a reír hasta que vi que volvía tomada del brazo de una mujer.
Llegaron hasta mí y me la presentó.
- Ella te ayudará con tu tema nuevo-Pude sentir mis mejillas enrojecerse de vergüenza. Casi por obligación intercambié con Isabella palabras fugaces. Me sentí expuesta de la forma en que me la presentó. Ni siquiera pude decirle mi nombre. Tampoco me lo preguntó. Quedamos en poner día y hora para hablar de mi tema nuevo, como lo había catalogado Sofía.
Anoté su teléfono y me escuché a mi misma prometiéndole llamarla.
Curiosamente esa misma noche, el sueño se repitió exactamente igual a la primera vez, y con todos sus detalles. Sin saber cuál sería el fin de nuestra cita, llamé a Isabella y fui a su casa al día siguiente.
Ella misma me abrió la puerta dándome un cálido saludo de bienvenida. Era una mujer serena. Aunque sus ideas parecían muy particulares, era clara cuando se expresaba. No dudé nunca de su sinceridad, me trasmitía franqueza por la forma en que me miraba inspirándome confianza aún sin conocerla. Estábamos sentadas en la mesa del comedor y el sol que entraba por la ventana la iluminaba mientras sonreía.
No hablábamos de nada en concreto, ella solo miraba insistentemente mi cuaderno verde y mi lápiz. De repente se levantó y volvió con una carpeta llena de láminas de distintos tamaños. Eran dibujos hechos por ella.
Comenzó a buscar uno en especial, mientras yo miraba los que iba dejando en la mesa que resultaban realmente llamativos. Algunos pintados con colores y otros en blanco y negro.
-Lo encontré- dijo- y desplegó el dibujo en la mesa y agregó algo que para mi en ese momento fue indescifrable- Vino a mi conciencia hace quince días exactamente.
Observé un largo rato el dibujo. Era casi un espejo. Pude identificarme con una mujer de pelo largo y rubio. La mujer llevaba en una mano un pequeño cuaderno verde y en la otra un lápiz con goma, igual que el mío. Estaba parada en un extremo de una mesa donde se hallaban seis mujeres más, sentadas.
- ¿Esa soy yo?- dije teniendo la certeza de que sí era yo ¿Quiénes serían las seis mujeres que estaban conmigo?, pensé.
- Si- contestó Isabella. Sos vos. Te dibujé antes de conocerte- y soltó una corta carcajada. – ¿Podrás explicarme porque te dibujé sin conocerte?- dijo naturalmente.
No sabía por dónde empezar. Creía que era ella quien tenía que explicarme. O quizás entre las dos. Con el tiempo comprendí que a veces no hay una explicación inmediata. A veces la respuesta llega más tarde.
Isabella agregó como pensando en voz alta:
-Éstas mujeres son parte de un grupo de encuentros que se reúne los miércoles. Yo lo coordino. Vos apareces entre nosotras, es evidente que el dibujo anuncia que tenés o tendrás alguna relación con este grupo.
Me sentí muy rara. Las lágrimas casi asomaban por mis ojos, anunciando mi desconcierto, y no supe qué decir.
Recordaba mi sueño del estanque, la charla con Sofía, el encuentro casual con Isabella y ahora este dibujo.
Parecía que algo me mostraba un camino. Con el tiempo comprendí que eran “señales”.
Era, sin duda, el momento de contarle a Isabella acerca del sueño. También le dije que era escritora desde que tenía uso de razón, y que como tal me hallaba angustiada por la ausencia total de inspiración. Decidí leerle las palabras del hombre del sueño.
-Ayudarás a esparcir el encanto… “qué interesante”- repitió maravillada-.
Y me dijo que quizás mi sueño tendría que ver con mi misión.
No comprendí su reflexión y no hablamos mucho más tampoco. Quedó en un estado meditativo difícil de describir.
Antes de despedirnos me invitó a los encuentros.
Quizás podría descubrir algo más de mi sueño, de las palabras del hombre, acerca de mi inspiración perdida o quizás también, de mi misma.
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