Transitar el duelo (por Sandra Pellegrino)
Estoy dando vueltas desde temprano. Preparo el mate y no lo tomo. Sigo con la remera de dormir. Lavo los platos que quedaron de la noche.
Por más que quiera evadirla…ahí está. Otra vez la angustia apareció cortándome la garganta en dos. La garra de la que me habló una vez el psiquiatra, esa que me ahorca impidiéndome respirar y que no me deja vivir en paz.
Entonces, a pesar de necesitarla con urgencia, decido no tomar la pastilla ansiolítica…es que ya no tomo más pastillas. Sé que lo único que me provocan es una negación de mis propios sentimientos. Considero que sería un desacierto tomarla, ya que el resultado sería retrasar unas horas el síntoma, para que después aparezca con seguridad de forma más imponente.
La angustia, vieja conocida…otra vez por aquí.
Si no sale se me atasca en el plexo solar provocando dolores de estómago y quien sabe que otro síntoma.
De forma instintiva tomo el teléfono y marco el número de mi tía Margarita, la hermana de mi abuela, que es lo más cercano a la familia de mi mamá. Ella vive lejos, pero tan solo con escuchar su voz la angustia sale despedida en forma de catarata por mis ojos.
En seguida mi pecho se moja, y mis lágrimas parecen una bendición que va corriendo a lo largo de mis chakras.
Me siento un poco mejor y ya puedo respirar aliviada. Con la pastilla, adormecedora de sentimientos, esto no hubiese ocurrido y la angustia me hubiese habitado por días, meses y quien sabe años.
Esta angustia de hoy no viene sola, se presenta acompañada por la tristeza de la pérdida de mi mamá. Es casi inevitable en ciertas fechas, lugares, ocasiones, y vuelve intacta como si nunca hubiese procesado, trabajado o analizado el duelo.
No importa los años que pasaron desde que no está mi mamá. En este instante parece tan cercano. Y el recuerdo del aroma maternal parece rodearme acentuando su ausencia.
Ahora ya sé que me pasa… porqué la falta de ganas, porqué el mate sin tomar, los platos sucios… porqué la angustia.
Me pregunto cómo salir de este estado, o mejor dicho, cómo transitarlo sin lastimarme, si es que existe esa posibilidad.
Ambas, angustia y tristeza, cómplices la una de la otra, se instalan aquietadas en mi interior tomando gran parte de mi corazón y ensombreciendo todo vestigio de felicidad cotidiana.
Transitarlas no es placentero. Primero tengo que ser honesta conmigo misma, mirar hacia el interior dotada de una cuota alta de valentía.
Entonces reconozco que aún el duelo existe, que estoy triste, y no veo luz en ningún lado, que hoy solo me importa la presencia física de mi mamá a mi lado, acompañando los actos de fin de año, los cumpleaños… las fiestas. No me gusta lo que veo en mi interior…tanta oscuridad y dolor me hacen sentir débil, como si volviera la persona que fui hace unos años, la que necesitaba la contención medicinal, la que no era dueña de su propio espíritu. Lo único que falta es que vuelvan las pastillas, pienso. Y mi mente empieza el macabro juego de proyectar como en una película, la imagen de mí misma en el consultorio del psiquiatra.
En ese momento de tensión interior, donde creo que vuelvo atrás - a mi propio pedregullo- sólo se me ocurre intentar frenar los pensamientos y respirar. Tan profundo como me lo permita. Y con la primera bocanada caigo en la cuenta que estaba respirando muy cortito, como si no hubiese querido darle una buena dosis de oxígeno a mi cuerpo.
Entonces sigo con la sesión de respiración conciente. Empiezo a sentirme mejor, con posibilidades de abrir mi mente a un pensamiento alentador…depende de mí, aunque en este momento me pese semejante responsabilidad.
Un grato recuerdo con las palabras de mi mamá viene a mí y me sorprendo sonriendo. Acudo a mi propia “franja” donde los mundos se conectan también para mí.
El aire por fin atraviesa la angustia y llegue a mi Ser, a la Verdad dentro mío.
Creo y Confío.
Abandono el control de la situación. Dejo que las cosas pasen, y que los sentimientos amables jueguen conmigo.
Y por fin percibo que los seres queridos que no están físicamente me rodean amables reconfortando mi tristeza, que ya no parece tan profunda.
Recién ahora, desde mi inocencia, me doy cuenta que la pérdida no es tal. Todo sigue, sólo que de otra manera.
No hay nada externo que pueda ver. Nada para percibir con los cinco sentidos conocidos. Sólo adentro mío puedo escuchar los arrullos que me cantaba mi mamá de pequeña y salgo a la luz con la certeza de que no estoy sola, como si naciera...una vez más.
Sandra Pellegrino
Estoy dando vueltas desde temprano. Preparo el mate y no lo tomo. Sigo con la remera de dormir. Lavo los platos que quedaron de la noche.
Por más que quiera evadirla…ahí está. Otra vez la angustia apareció cortándome la garganta en dos. La garra de la que me habló una vez el psiquiatra, esa que me ahorca impidiéndome respirar y que no me deja vivir en paz.
Entonces, a pesar de necesitarla con urgencia, decido no tomar la pastilla ansiolítica…es que ya no tomo más pastillas. Sé que lo único que me provocan es una negación de mis propios sentimientos. Considero que sería un desacierto tomarla, ya que el resultado sería retrasar unas horas el síntoma, para que después aparezca con seguridad de forma más imponente.
La angustia, vieja conocida…otra vez por aquí.
Si no sale se me atasca en el plexo solar provocando dolores de estómago y quien sabe que otro síntoma.
De forma instintiva tomo el teléfono y marco el número de mi tía Margarita, la hermana de mi abuela, que es lo más cercano a la familia de mi mamá. Ella vive lejos, pero tan solo con escuchar su voz la angustia sale despedida en forma de catarata por mis ojos.
En seguida mi pecho se moja, y mis lágrimas parecen una bendición que va corriendo a lo largo de mis chakras.
Me siento un poco mejor y ya puedo respirar aliviada. Con la pastilla, adormecedora de sentimientos, esto no hubiese ocurrido y la angustia me hubiese habitado por días, meses y quien sabe años.
Esta angustia de hoy no viene sola, se presenta acompañada por la tristeza de la pérdida de mi mamá. Es casi inevitable en ciertas fechas, lugares, ocasiones, y vuelve intacta como si nunca hubiese procesado, trabajado o analizado el duelo.
No importa los años que pasaron desde que no está mi mamá. En este instante parece tan cercano. Y el recuerdo del aroma maternal parece rodearme acentuando su ausencia.
Ahora ya sé que me pasa… porqué la falta de ganas, porqué el mate sin tomar, los platos sucios… porqué la angustia.
Me pregunto cómo salir de este estado, o mejor dicho, cómo transitarlo sin lastimarme, si es que existe esa posibilidad.
Ambas, angustia y tristeza, cómplices la una de la otra, se instalan aquietadas en mi interior tomando gran parte de mi corazón y ensombreciendo todo vestigio de felicidad cotidiana.
Transitarlas no es placentero. Primero tengo que ser honesta conmigo misma, mirar hacia el interior dotada de una cuota alta de valentía.
Entonces reconozco que aún el duelo existe, que estoy triste, y no veo luz en ningún lado, que hoy solo me importa la presencia física de mi mamá a mi lado, acompañando los actos de fin de año, los cumpleaños… las fiestas. No me gusta lo que veo en mi interior…tanta oscuridad y dolor me hacen sentir débil, como si volviera la persona que fui hace unos años, la que necesitaba la contención medicinal, la que no era dueña de su propio espíritu. Lo único que falta es que vuelvan las pastillas, pienso. Y mi mente empieza el macabro juego de proyectar como en una película, la imagen de mí misma en el consultorio del psiquiatra.
En ese momento de tensión interior, donde creo que vuelvo atrás - a mi propio pedregullo- sólo se me ocurre intentar frenar los pensamientos y respirar. Tan profundo como me lo permita. Y con la primera bocanada caigo en la cuenta que estaba respirando muy cortito, como si no hubiese querido darle una buena dosis de oxígeno a mi cuerpo.
Entonces sigo con la sesión de respiración conciente. Empiezo a sentirme mejor, con posibilidades de abrir mi mente a un pensamiento alentador…depende de mí, aunque en este momento me pese semejante responsabilidad.
Un grato recuerdo con las palabras de mi mamá viene a mí y me sorprendo sonriendo. Acudo a mi propia “franja” donde los mundos se conectan también para mí.
El aire por fin atraviesa la angustia y llegue a mi Ser, a la Verdad dentro mío.
Creo y Confío.
Abandono el control de la situación. Dejo que las cosas pasen, y que los sentimientos amables jueguen conmigo.
Y por fin percibo que los seres queridos que no están físicamente me rodean amables reconfortando mi tristeza, que ya no parece tan profunda.
Recién ahora, desde mi inocencia, me doy cuenta que la pérdida no es tal. Todo sigue, sólo que de otra manera.
No hay nada externo que pueda ver. Nada para percibir con los cinco sentidos conocidos. Sólo adentro mío puedo escuchar los arrullos que me cantaba mi mamá de pequeña y salgo a la luz con la certeza de que no estoy sola, como si naciera...una vez más.
Sandra Pellegrino
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